domingo, 7 de julio de 2019

Conócete a ti mismo, ¿es una broma?






Es curioso ver cuando miro en derredor, cuánto tiempo he dedicado a acariciar y proteger sueños que creía míos. 
Cuanta fuerza aplicada a luchar por lo que creía que era ser yo misma, cuanta energía, esfuerzo, cuantos conceptos y sudor en tratar de cambiar lo que estaba ocurriendo.
Y de pronto, lo ves, te das cuenta de que nada de lo sustentado tenía en absoluto una razón de ser, todo estaba en un sueño formado de memoria, atesorado desde un olvido.
Es tan liberador darte cuenta de que no hay sueño que perseguir, no hay misión que lograr, no hay una vida que alcanzar. En este momento es la vida lo que me atraviesa mientras los pensamientos me gritan que no es suficiente. Es una locura, es una sensación continuada de dar vueltas y vueltas, siempre me viene la imagen del ratón en la rueda y me pregunto si es eso en realidad, a lo que se refieren los budistas con el Samsara.
Si no tuviéramos espejos, ni nada que nos reflejara, no tendríamos más datos de la imagen que proyectamos, salvo por las reacciones que provocamos. Sé que esto ya es algo que utilizamos de referente, pero al no tener nada que nos devolviese una especie de confirmación ante lo que hemos observado, no emitiríamos quizás un juicio. Quiero decir, sólo podríamos observar las diferentes reacciones y quizás no nos apegaríamos a ninguna, ya que no habría nada que pudiéramos identificar como “cierto” o “falso”. Quizás por ello, la naturaleza en su inmensa sabiduría, nos dio unos ojos para mirar hacia afuera y a la hora de mirarnos a nosotros, no podemos usar los ojos como órganos, sino que nos dio las sensaciones para sentirnos y así reconocernos. Pero seguimos empeñados en usar los órganos externos para vernos a nosotros y así compararnos…  ahí comienza el desconocimiento de uno mismo.
“Conócete a ti mismo”, se nos repite como un mantra y a mí se me antoja un tanto estresante. Que es lo que debo de conocer… y ¿quién es ese yo mismo?, porque claro, quizás se pueda defender una serie de patrones repetidos en la historia que reconozco como mía. Entonces surgen las etiquetas; simpática, aunque lo cierto es que no para todo el mundo… introvertida, en ocasiones nadie lo diría… independiente, si no contamos con los momentos en los que hubiera matado por retener a algún ex, que hizo bien en marcharse. En cuanto a la etiqueta de positiva, la vamos a dejar porque hasta yo tengo mis dudas.
Entonces, ¿qué es lo que defiendo como yo misma? Y ¿como la conozco?, no sé si presentarme o hacer como que no me he visto, tan socorrido en ocasiones.
Lo cierto es que me he cansado de estar siempre pendiente de este personaje que sostengo y que al igual que un niño mimado me pide cada vez más.
Todo visto desde el prisma de quién creo que soy, afectándome por lo que debería afectarme, ilusionándome por lo que creo que debería ilusionarme y de repente, lo veo, no hay nadie allí. No existe, me lo he inventado y por eso me duele la espalda… uffff, que pesada soy.
De repente deja de importarme lo que ha de llegar, no me hace ilusión comenzar de nuevo, volver a levantar o conocer a alguien. Me doy cuenta de que ya es la ilusión en sí lo que me ilusiona, que no hay ningún levantar puesto que nunca hubo caída y que conocer a alguien no es importante, lo importante es estar y sentir lo que ocurre ahora y con quién ocurre. Ya sea en la parada del autobús, ese mágico momento de compartir el asiento, al lado de alguien y sólo sentir, porque la magia de la vida te está regalando el instante de respirar el mismo aire y sentir el calor de la persona que te acompaña.
Cuando no me siento acorde con lo que ocurre, noto la voz que habla y razona en mi cabeza, es una especie de martillo que me imprime conceptos aprendidos y que no me llevan a la felicidad buscada y  de este modo se hace no encontrada.
Este es el verdadero amante anhelado que se nos escapa, esa figura etérea y sensual, que nos canta con voz de sirena y se aleja descarada cuando le alzamos la mano. Dibujo su figura con trazos resueltos en mi memoria y al abrir los ojos se me revierte como absurda y  reiterada.
¿Que defiendo como mío y como yo? Lo que un día defendí entendiendo que era el resultado de una historia, de un lugar y de un contexto. Todo figurado y comprendido a fuerza de hacerlo encajar. Realmente es vacío lo que siento como yo, no hay nada que retener, no hay nada que defender, no hay nada que perseguir, no hay nada que me pertenezca más allá del momento que vivo ahora.
De este modo se me antoja la vida más digna de ser vivida. De este modo existo en la sensación de vida en las palmas de mis manos. Me identifico con el soplo de vida que me inunda, con el eco que se escucha imperceptible en el latido de la existencia, en el suspiro del instante. Eso soy, la vida que me vive.